Torrente

Agricultores de Aragón Pierden Tierras Fértiles Ante la Expansión Industrial

Nov 03, 2026

La expansión de proyectos industriales, energéticos y tecnológicos en Aragón, España, está transformando drásticamente el paisaje rural. Agricultores en la provincia de Zaragoza están perdiendo sus tierras más valiosas debido a expropiaciones, lo que pone en riesgo la viabilidad de sus explotaciones familiares. Esta situación ha generado una profunda preocupación en el sector agrícola, ya que la competencia por el suelo fértil no solo desplaza la actividad agraria, sino que también amenaza la rentabilidad de las granjas y la continuidad generacional en el campo.

La Presión Industrial Transforma el Campo Aragonés

Desde 2006, Toño Romé, un agricultor cerealista de Zuera, dedicó su vida a la producción de cereales, participando activamente en el movimiento cooperativo y sindical agrario. Sin embargo, la expropiación de sus parcelas más fértiles lo obligó a abandonar su profesión. Este caso ilustra cómo la pérdida de terrenos de alta calidad puede tener un impacto devastador en la rentabilidad de una explotación agrícola. La calidad agronómica del suelo, la ubicación y la disponibilidad de agua son factores cruciales para la viabilidad de las cosechas, y su desaparición puede hacer que los gastos operativos superen los ingresos, volviendo la actividad insostenible.

La Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón (UAGA-COAG) ha documentado esta problemática en su informe "Undrop en la provincia de Zaragoza: derecho a la tierra, acaparamiento y derechos del campesinado", elaborado en colaboración con la organización Mundubat. Este estudio subraya cómo la proliferación de centros de datos, infraestructuras energéticas y otras inversiones a gran escala está generando conflictos por el uso del suelo. Estas inversiones, aunque necesarias para el desarrollo tecnológico y energético, a menudo se asientan en terrenos de alto valor agronómico, afectando directamente a los agricultores que dependen de ellos. La UAGA-COAG advierte que esta tendencia puede conducir a una concentración del control sobre la tierra, limitando las oportunidades para los agricultores profesionales y obstaculizando la incorporación de nuevas generaciones al sector.

Otro testimonio es el de Julio Enfedaque, de Villanueva de Gállego, quien también sufre las consecuencias de esta expansión industrial. La situación se agrava por problemas estructurales preexistentes, como los altos costos de producción y la baja rentabilidad de los cultivos. Las explotaciones familiares, que suelen depender de una combinación de recursos propios y terrenos arrendados, son particularmente vulnerables. La dificultad para acceder a parcelas disponibles y asequibles es un obstáculo significativo para los jóvenes que desean iniciar una carrera en la agricultura, poniendo en riesgo la transmisión de conocimientos y prácticas tradicionales entre generaciones.

Además de la cantidad, la calidad del suelo agrícola es un factor crítico. No todas las hectáreas tienen la misma capacidad productiva. La sustitución de tierras fértiles por otras de menor potencial no garantiza la recuperación de la capacidad productiva anterior del agricultor. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha enfatizado la importancia de la planificación integrada del uso de la tierra para equilibrar las necesidades productivas con otras demandas territoriales. Este enfoque busca evaluar las consecuencias de cada alternativa territorial para preservar la capacidad productiva de los terrenos cultivables, crucial para la seguridad alimentaria a largo plazo.

La situación en Aragón refleja una tendencia más amplia de abandono del sector agrícola. Según la UAGA-COAG, en 2025 se registraron 385 bajas de trabajadores autónomos agrarios en Aragón, superando las 344 de 2024. Aunque no todas estas salidas se deben directamente a las expropiaciones, la disponibilidad de tierras agrícolas se suma a otros factores como la rentabilidad de las cosechas y los costos de producción. Para las organizaciones agrarias, el desafío es asegurar que las transformaciones territoriales no limiten las posibilidades de permanencia de los agricultores y la entrada de nuevos talentos al campo. El valor de una tierra fértil no se limita a su precio inmobiliario; abarca su capacidad para generar cosechas, sustentar explotaciones y mantener la actividad económica en las comunidades rurales.

La situación de los agricultores aragoneses, quienes ven cómo sus tierras fértiles son absorbidas por proyectos industriales y energéticos, nos invita a reflexionar profundamente sobre el equilibrio entre el desarrollo económico y la sostenibilidad agrícola. Es crucial que las políticas de planificación territorial consideren no solo la necesidad de nuevas infraestructuras, sino también el valor irremplazable de los suelos agrícolas de alta calidad. El caso de Toño Romé y Julio Enfedaque es un recordatorio de que la pérdida de tierras no es solo una transacción económica, sino un golpe directo a la identidad y la subsistencia de comunidades enteras, así como a la seguridad alimentaria a largo plazo. Es imperativo buscar soluciones que permitan el progreso sin sacrificar nuestro patrimonio agrario y el futuro de quienes nos alimentan.

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