Una investigación pionera, impulsada por el científico Jaime Carrasco y ligada a la región de Cuenca, ha identificado un método innovador para salvaguardar los cultivos de champiñones. Este estudio se centra en el uso de ciertas bacterias, presentes de forma natural en el hábitat del champiñón, para combatir las enfermedades que suelen devastar estas cosechas, proponiendo una solución biológica que elimina la necesidad de fungicidas sintéticos. Este descubrimiento promete transformar las prácticas agrícolas, dirigiéndolas hacia una mayor sostenibilidad y seguridad alimentaria.
El núcleo de esta prometedora estrategia radica en la aplicación de cepas seleccionadas de Bacillus velezensis. Estas bacterias, conocidas por sus propiedades antifúngicas, fueron extraídas directamente del material de cobertura y de los propios cuerpos fructíferos del champiñón blanco, Agaricus bisporus. El equipo de investigadores, tras analizar más de 140 tipos de bacterias del entorno natural del cultivo, logró aislar tres cepas específicas – CM5, CM19 y CM35 – que demostraron una notable eficacia para inhibir el desarrollo de hongos responsables de enfermedades comunes como la mole seca, la mole húmeda y la telaraña.
La gestación de esta investigación se remonta a la estancia posdoctoral de Carrasco en la Universidad de Oxford, donde, con el apoyo de un programa europeo Marie Curie, se estableció un biobanco. Este biobanco es una colección de bacterias aisladas del ecosistema microbiano que coexiste con el champiñón en las instalaciones de cultivo. La singularidad de esta metodología reside en la utilización de microorganismos que ya forman parte del entorno natural del champiñón. La técnica implica su aislamiento, multiplicación controlada en laboratorio y posterior reintroducción en el material de cobertura, con el fin de prevenir o contener la proliferación de patógenos fúngicos.
Esta orientación permite el desarrollo de agentes de control biológico específicamente adaptados al champiñón, a diferencia de aquellos diseñados para otros cultivos. Tal selectividad es crucial, dado que tanto los patógenos como el champiñón pertenecen al reino fúngico, lo que complica la erradicación del hongo dañino sin comprometer la salud del cultivo comercial. Este enfoque se alinea con una corriente global de investigación que busca alternativas biológicas a los pesticidas tradicionales, con el fin de mitigar los impactos negativos de los tratamientos químicos.
Las cepas bacterianas estudiadas han mostrado actividad contra patógenos como Lecanicillium fungicola, causante de la mole seca, y Mycogone perniciosa, responsable de la mole húmeda. Asimismo, se comprobó su efectividad contra especies de Cladobotryum, asociadas a la enfermedad de la telaraña, y contra hongos del género Trichoderma, que provocan mohos verdes. Estas enfermedades pueden causar deformidades en los champiñones, reducir su valor comercial y mermar los rendimientos. Su gestión es compleja, ya que los patógenos prosperan en el mismo sustrato y en condiciones ambientales idénticas a las requeridas por el champiñón.
Los ensayos demostraron que las cepas seleccionadas producen fengicina, un lipopéptido con actividad antifúngica. Esta molécula contribuye a la inhibición de los patógenos, al tiempo que las bacterias se mantienen compatibles con el crecimiento del champiñón. La aplicación de microorganismos antagónicos también se explora en otros ámbitos agrícolas, como en el control de la esclerotinia de la soja, donde se buscan soluciones de manejo biológico frente a enfermedades fúngicas que los fungicidas convencionales no siempre controlan con éxito.
Los resultados de laboratorio y las pruebas iniciales en cultivos han sido prometedores, con las bacterias logrando niveles de control equiparables a los de los tratamientos químicos en las condiciones experimentales. Las cepas CM5, CM19 y CM35 han sido depositadas en la Colección Europea de Cultivos Celulares Autenticados y se ha solicitado una patente para su uso en bioinoculantes y procedimientos para la prevención de enfermedades del champiñón. Aunque los hallazgos son significativos, el desafío principal reside en mejorar la persistencia de estas bacterias tras su aplicación, ya que su población tiende a disminuir rápidamente en convivencia con la microbiota natural del cultivo. Es fundamental que las bacterias mantengan su actividad antifúngica durante las etapas críticas del champiñón para asegurar la viabilidad comercial de un futuro producto biológico.
