El reciente impedimento en el Estrecho de Ormuz para el tránsito de fertilizantes ha trascendido su ubicación geográfica, transformándose en un factor determinante que incide directamente en el costo de los alimentos y en la organización de la producción agrícola a escala global. Lo que acontece en este corredor marítimo, a miles de kilómetros de distancia, se manifiesta en el precio final de los productos que llenan las cestas de compra, en los balances económicos de las explotaciones agrícolas y en las previsiones de organismos internacionales, demostrando la interconexión de los mercados mundiales.
A través de este estrecho paso entre Irán y la península Arábiga se moviliza aproximadamente un tercio del comercio mundial de fertilizantes y materias primas esenciales, incluyendo urea, amoníaco, fosfatos y azufre. La convergencia de tensiones en Oriente Próximo, el encarecimiento de la energía y las demoras logísticas amenaza con desestabilizar nuevamente el sistema alimentario global, con repercusiones distintas en Europa, África, Asia y el resto del mundo. Este embudo global para los fertilizantes se ha convertido en un punto crítico.
Reportes de diversos centros de investigación y agencias de la ONU concuerdan en que un tercio de los fertilizantes comercializados globalmente pasan por Ormuz. Solo en fertilizantes nitrogenados, naciones del Golfo como Irán y Arabia Saudí aportan cerca del 43% de la urea exportada, el 23% del amoníaco y el 44% del azufre, todos ellos componentes fundamentales para la elaboración de abonos industriales. Aunque no representa un cese total del suministro, el bloqueo ha significado un incremento notable en los costos de transporte, retrasos en las entregas y una escalada de precios, justo en un momento crucial del calendario agrícola. Este escenario, en el que la temporada de siembra en el hemisferio norte y el hemisferio sur está en curso o a punto de iniciar, augura problemas prolongados.
La Organización de las Naciones Unidas, a través de entidades como la FAO y la UNCTAD, ha reportado una drástica disminución en el tránsito de fertilizantes por Ormuz, lo que llevó a un aumento del 46% en el precio internacional de la urea en un solo mes. Además del nitrógeno, el bloqueo impacta también el azufre para fertilizantes fosfatados, del cual casi la mitad de las exportaciones mundiales proviene de esta región, agravando la vulnerabilidad de la cadena de suministro global. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo alerta que la combinación de energía y fertilizantes caros podría llevar a 30 millones de personas adicionales a la pobreza.
Este ciclo predecible implica que la subida de precios de gas y fertilizantes lleva a los agricultores a reducir las dosis de abono, lo que disminuye las cosechas, aumenta los precios de los alimentos y reduce el poder adquisitivo, intensificando las presiones fiscales en países con menor margen de maniobra. La ONU advierte que sin fertilizantes sintéticos, la producción global de alimentos podría caer hasta un 50%, lo que resultaría en inseguridad alimentaria para la mitad de la población mundial, especialmente en regiones dependientes de estas importaciones, como Sudán, Somalia, Mozambique, Kenia o Sri Lanka.
Incluso para España y Europa, a pesar de la distancia geográfica, el bloqueo ya se percibe. El alza en los precios del petróleo y el gas, producto de las ofensivas en Irán y Líbano, se ha traducido en incrementos superiores al 50% en el combustible, afectando directamente el coste de los fertilizantes. En respuesta, el gobierno español ha implementado un paquete de ayudas de 500 millones de euros para mitigar el sobrecosto de los fertilizantes, con el objetivo de aliviar la carga económica de los agricultores. Sin embargo, las grandes distribuidoras y operadores del sector agroalimentario pronostican que los precios al consumidor seguirán bajo presión.
La agricultura europea, con una fuerte dependencia de insumos derivados del petróleo y gas, se enfrenta a una situación de marcada vulnerabilidad. En España, el campo, con su intensidad en ciertos cultivos y la preponderancia de la ganadería, se ve compelido a revisar sus métodos de fertilización, promoviendo el uso de fertilizantes orgánicos derivados de residuos ganaderos y la adopción de prácticas de agricultura regenerativa para reducir la dependencia de insumos químicos externos. Este escenario ha revalorizado los purines y estiércoles, convirtiéndolos en una alternativa económicamente atractiva para fertilizar cultivos, especialmente en países con una significativa producción ganadera.
La crisis actual subraya la importancia de aprovechar los nutrientes presentes en los desechos animales para aliviar la carga económica de los agricultores y disminuir la exposición a la volatilidad de los mercados internacionales, lo que concuerda con las políticas europeas de sostenibilidad agrícola que buscan cerrar los ciclos de nutrientes a nivel local. No obstante, esta transición exige inversiones en infraestructura, capacitación técnica y marcos regulatorios que faciliten el uso eficaz de estos recursos. Así, el estiércol, que antes era un problema de gestión, se transforma en un recurso comercializable, ya sea directamente en fincas cercanas o procesado en productos como compost.
La tensión en Ormuz también ha revitalizado el interés por la agricultura regenerativa, ya que los costos de los fertilizantes químicos han impulsado a agricultores, como Miguel Ángel Gutiérrez, a buscar enfoques más sostenibles. Su experiencia, en una plantación de nogales que imita un ecosistema natural, demuestra que es posible reducir el uso de fertilizantes y agua en un 50% y 20-30% respectivamente, mediante la potenciación de la vida del suelo y la cobertura vegetal. Este enfoque desafía la noción de que la agricultura no puede existir sin fertilizantes, sugiriendo que las plantas, en condiciones naturales, pueden obtener nutrientes de su entorno. La viabilidad de escalar estos modelos a grandes explotaciones, combinando tecnología moderna con principios ecológicos, ofrece una ruta hacia una menor vulnerabilidad frente a crisis geopolíticas.
Mientras Europa busca amortiguar el impacto, regiones como India y África sufren con mayor intensidad el bloqueo. India, gran importador de urea, enfrenta el encarecimiento y retrasos en plena campaña agrícola, lo que amenaza con un endeudamiento crónico para sus agricultores. En África, la dependencia histórica de la importación de alimentos y fertilizantes, debido a su especialización en cultivos de exportación, genera una enorme vulnerabilidad. Ante este panorama, expertos proponen reforzar la soberanía alimentaria, priorizando la producción local y reduciendo la dependencia de combustibles fósiles, para construir una mayor resiliencia. La ONU también busca establecer un corredor humanitario para asegurar el tránsito seguro de fertilizantes y materias primas esenciales, dada su conexión directa con el riesgo de hambruna. Estas respuestas urgentes se complementan con medidas económicas para apoyar a los agricultores y estabilizar los mercados.
La situación en Ormuz también ha puesto en cuestión un modelo de producción de fertilizantes altamente centralizado y dependiente del gas natural, como el proceso Haber-Bosch. Investigadores de la Universidad de Sídney han desarrollado una alternativa basada en un reactor de plasma que produce amoníaco verde a partir de aire, agua y electricidad renovable, buscando una producción descentralizada y limpia. Esta innovación, respaldada por la Fundación Gates, podría reducir la huella de carbono y la vulnerabilidad geopolítica. Para España y Europa, esta tecnología abre una oportunidad para aprovechar las energías renovables en la producción local de fertilizantes, disminuyendo la dependencia de importaciones y de rutas críticas. El objetivo a medio plazo es que grandes empresas adopten estos sistemas a escala local, complementando al proceso Haber-Bosch con tecnologías más ecológicas como el hidrógeno verde y métodos electroquímicos, así como enfoques biológicos y catalíticos. El reto es combinar estas soluciones con cambios en los sistemas de cultivo y políticas públicas que fomenten la resiliencia.
La combinación del bloqueo de fertilizantes en Ormuz, el aumento de precios, la tensión social y la búsqueda de nuevas soluciones está redefiniendo el futuro de la producción y fertilización agrícola. El debate se centra ahora en la creación de un sistema alimentario menos dependiente de rutas comerciales críticas y de combustibles fósiles, que integre las ventajas de la ganadería, la agricultura regenerativa y las tecnologías verdes. Este enfoque tiene como objetivo principal asegurar que futuras crisis no encuentren a la comunidad global desprevenida, promoviendo una agricultura más sostenible y resiliente.
