Los espléndidos espacios verdes del Palacio de Liria vuelven a ser un punto de encuentro cultural esencial en la capital española durante la temporada estival. Después de un largo período de acceso limitado, la Fundación Casa de Alba ha decidido abrir estas maravillas naturales al público general, brindando la oportunidad de explorar uno de los rincones más singulares y celosamente custodiados del corazón de Madrid.
Considerados los jardines históricos de propiedad privada de mayor extensión en la ciudad y entre los más destacados de Madrid, estos exteriores han sido transformados a lo largo de los siglos por los duques de Alba y por renombrados paisajistas europeos. Entre ellos, figuras como el arquitecto Ventura Rodríguez y el jardinero francés Jean-Claude Nicolas Forestier han dejado su huella, dando forma a un conjunto donde la estética británica y el refinamiento francés conviven en perfecta armonía.
La apertura al público de los jardines del Palacio de Liria es de naturaleza estacional, programada para coincidir con los meses de clima más agradable en la capital. El acceso estará disponible desde el 14 de mayo hasta el 31 de agosto, con horarios matutinos, lo que permite a los visitantes disfrutar de la tranquilidad antes del intenso calor veraniego. Las visitas se organizan en grupos guiados con plazas limitadas, asegurando una experiencia serena incluso en plena temporada alta. Los recorridos estándar por los jardines tienen una duración aproximada de 45 minutos y se realizan a primera hora del día, con salidas programadas alrededor de las 10:00 y 10:15 h, según lo establecido por la Fundación Casa de Alba.
En cuanto a las tarifas, la entrada general para visitar exclusivamente los jardines tiene un costo aproximado de 10 euros, con ligeras variaciones los fines de semana, donde puede alcanzar los 12 euros. Para aquellos interesados en una experiencia más completa, que incluya también el interior del palacio, existe una entrada combinada. Esta opción abarca tanto los jardines como la visita a la colección artística, con precios que oscilan entre los 22 y 27 euros, dependiendo del día y la modalidad seleccionada. Las plazas están restringidas a grupos pequeños, de aproximadamente treinta personas por pase, por lo que se recomienda reservar con anticipación a través de la página web oficial del Palacio de Liria. Dada la alta demanda, especialmente en los meses de verano, no es un plan que se pueda improvisar a última hora si se desea asegurar un lugar.
La propuesta de la Fundación Casa de Alba distingue entre aquellos que solo desean explorar los jardines y quienes prefieren la vivencia integral. En este último caso, el itinerario se extiende a cerca de hora y media al incluir la visita al interior, que alberga una de las pinacotecas privadas más importantes de Europa. Los jardines del Palacio de Liria, que ocupan unas dos hectáreas, constituyen un verdadero pulmón verde oculto en la zona de la calle de la Princesa, cerca de otros espacios como el Jardín Botánico de Atocha. Desde el exterior, apenas se vislumbra lo que hay tras sus muros, pero una vez dentro, se revela un paisaje meticulosamente diseñado donde convergen diversos estilos y épocas, manteniendo una cohesión armoniosa.
La Fundación Casa de Alba describe estos exteriores como un lugar donde “convergen la historia de España y el paisajismo europeo de vanguardia”. Este carácter híbrido se manifiesta en dos áreas bien definidas: un Jardín Inglés de ambiente romántico que abraza la fachada principal, y un Jardín Francés de inspiración clasicista, situado en la parte trasera del palacio, con una estructura mucho más geométrica. El recorrido por estos terrenos permite comprender cómo la nobleza española adoptó las principales tendencias de jardinería del continente. A lo largo de generaciones, los duques de Alba incorporaron nuevas especies, esculturas y elementos acuáticos, contando en diferentes momentos con expertos de renombre como Ventura Rodríguez, Forestier o Sabatini para perfeccionar el conjunto. Durante décadas, estos jardines fueron un refugio estrictamente privado, destinado a la vida familiar y social de la Casa de Alba. Hoy, muchos de estos rincones, incluyendo áreas cargadas de recuerdos personales de la familia, pueden ser admirados de cerca gracias a este programa de visitas guiadas.
En la fachada principal del palacio se extiende el Jardín Inglés, un espacio concebido en el siglo XIX bajo la influencia de la jardinería británica. Su propósito es evocar la sensación de una naturaleza espontánea, aunque en realidad su trazado está meticulosamente planificado para que todo parezca orgánico y desprovisto de artificios. Los senderos del Jardín Inglés son serpenteantes y cambiantes, lejos de cualquier rigidez geométrica. Entre ellos crecen ejemplares de gran porte y edad avanzada, como magnolios centenarios, cedros del Líbano, castaños de Indias y tejos, que generan densas zonas de sombra y una atmósfera casi boscosa en el centro urbano de Madrid. Este diseño envolvente confiere a la entrada del edificio una sensación de intimidad y recogimiento. No se busca la espectacularidad inmediata, sino un efecto más emotivo: una sensación de refugio, cierta melancolía romántica y un diálogo constante entre la vegetación y la arquitectura neoclásica de Ventura Rodríguez, quien fue responsable de la elegante fachada principal. El carácter inglés de este espacio no se limita a la elección de especies o al recorrido sinuoso; también se aprecia en la alternancia de claros abiertos y rincones más íntimos, con vistas controladas que se van revelando a medida que se avanza. El visitante no lo contempla todo de golpe, sino que el jardín se va desvelando paso a paso.
En la parte trasera del palacio se encuentra el Jardín Francés, diseñado en 1916 por el paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier. Aquí la filosofía es completamente diferente: en contraste con la aparente espontaneidad naturalista del jardín inglés, predomina una composición geométrica y simétrica, más cercana al modelo de los grandes jardines palaciegos franceses. El diseño se articula en torno a parterres perfectamente ordenados y senderos rectilíneos que estructuran el espacio. En el centro destaca una fuente principal atribuida a Ventura Rodríguez, que funciona como foco visual y punto de equilibrio del conjunto, acompañada de elementos acuáticos y grupos escultóricos que realzan el aire cortesano. Este sector busca rescatar la elegancia del clasicismo y recrear, a menor escala, el espíritu de jardines icónicos como los de Versalles. La vegetación se somete aquí a la poda: setos recortados, líneas definidas, volúmenes perfectamente delineados. Todo está concebido para realzar la vista sobre el palacio y acentuar su arquitectura. El contraste entre el Jardín Francés y el Inglés es uno de los grandes atractivos de la visita. En pocos metros se transita de un ambiente romántico y casi silvestre a otro mucho más solemne y ordenado, lo que permite apreciar dos concepciones opuestas de la jardinería histórica dentro del mismo recinto.
Los jardines del Palacio de Liria están íntimamente ligados a la figura de Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba. Nacida en el propio palacio y profundamente vinculada a él durante toda su vida, la aristócrata hizo de estos exteriores uno de sus lugares favoritos, considerándolos un verdadero oasis personal en medio de la ciudad. En el marco del centenario de su nacimiento, la reapertura de los jardines adquiere un significado simbólico evidente: compartir con el público un entorno que durante décadas fue escenario de celebraciones, paseos familiares y también de momentos íntimos en la vida privada de la duquesa y sus allegados. Entre los rincones más singulares que se revelan en las visitas destaca un cementerio de animales donde Cayetana fue sepultando a lo largo de los años a sus numerosas mascotas: perros, loros, tortugas e incluso un cerdo que su hija Eugenia recibió como regalo. Uno de los nombres más recordados es Flashito, su perro shih tzu, que alcanzó cierta notoriedad pública. Estos espacios también fueron el escenario de la vida cotidiana de los hijos y nietos de la duquesa. Tras el traslado de parte de la familia de Sevilla a Madrid, los jardines se convirtieron en zona de juegos para los más pequeños y en refugio de calma para los adultos, muy alejado del bullicio de la calle de la Princesa a pesar de encontrarse a pocos metros. En retrospectiva, las decisiones actuales de abrir los jardines concuerdan con la intención de la familia y de la Fundación Casa de Alba de acercar su legado patrimonial al conjunto de la ciudadanía. Tal como ha expresado Eugenia Martínez de Irujo, la hija menor de la duquesa, permitir que cualquiera disfrute de este lugar es “maravilloso” y algo con lo que, en su opinión, Cayetana habría estado de acuerdo.
El entorno en el que se ubican estos jardines es de gran relevancia: el Palacio de Liria, residencia oficial de la Casa de Alba en Madrid, representa uno de los ejemplos más notables de arquitectura neoclásica de la ciudad. Construido entre 1767 y 1785 por encargo del III duque de Berwick y de Liria, su planta rectangular y compacta fue finalizada por Ventura Rodríguez. A lo largo de la historia, el inmueble ha sufrido episodios dramáticos, especialmente durante la Guerra Civil, cuando los bombardeos dejaron en pie prácticamente solo las fachadas. La posterior reconstrucción, en la que participaron figuras como Sir Edwin Lutyens y que fue impulsada por los duques de Alba de mediados del siglo XX, restauró al conjunto su fisonomía original y permitió conservar su función residencial. Hoy en día, el palacio es también conocido por albergar una colección artística de primer orden, con obras de Goya, Velázquez, El Greco, Tiziano o Rubens, entre otros grandes maestros. Para quienes optan por la entrada combinada, la experiencia de los jardines se complementa con la visita a estas salas, lo que permite una comprensión más profunda del peso cultural e histórico de la Casa de Alba. La reapertura estacional de los jardines al público añade una nueva dimensión a esta larga trayectoria. No se trata solo de exhibir un entorno estéticamente atractivo, sino de ofrecer una visión más amplia del patrimonio familiar, donde la botánica, la escultura y la memoria personal se entrelazan en un mismo escenario.
Aquellos que decidan visitar los jardines del Palacio de Liria durante esta temporada se encontrarán con mucho más que un simple paseo agradable; descubrirán un espacio que condensa siglos de historia, la evolución del paisajismo europeo, los recuerdos más íntimos de la Casa de Alba y una voluntad creciente de apertura que, poco a poco, está transformando la percepción del palacio como un lugar inaccesible para la mayoría.
