La degradación de los suelos agrícolas representa un desafío significativo para la seguridad alimentaria mundial. Sin embargo, un reciente análisis global ha revelado el inmenso potencial de la restauración de estos terrenos. Al revertir tan solo un 10% de la degradación causada por las actividades humanas, se podría aumentar la producción agrícola global de manera que se obtendrían alimentos suficientes para aproximadamente 70 millones de personas adicionales. Este hallazgo subraya la urgencia de adoptar prácticas sostenibles y políticas que promuevan la salud del suelo, transformando la percepción de la tierra de un recurso agotable a una base renovable para la producción de alimentos.
Este estudio, fruto de la colaboración entre investigadores de la Universidad de Bonn, la Universidad de Minnesota, la Universidad de Basilea y la Universidad Tecnológica de Hamburgo, fue publicado en la prestigiosa revista científica Nature Food. Su principal objetivo fue cuantificar el impacto directo del deterioro del suelo en la capacidad productiva de las tierras cultivables alrededor del planeta. Los investigadores identificaron cinco procesos clave de degradación: erosión, pérdida de humedad, compactación, disminución del carbono orgánico y cobertura vegetal insuficiente. Estos factores, al alterar las propiedades físicas y biológicas del suelo, limitan su aptitud para soportar cultivos robustos y productivos, afectando negativamente la disponibilidad de alimentos, especialmente en regiones ya vulnerables.
Para llevar a cabo esta exhaustiva investigación, el equipo dividió la totalidad de las tierras cultivables del mundo en cuadrículas de 10 kilómetros por 10 kilómetros. Compararon los rendimientos agrícolas observados en áreas con condiciones climáticas similares, pero con diferentes niveles de degradación del suelo. Este análisis consideró también otros factores relevantes como el uso de fertilizantes, los sistemas de riego y otras prácticas de manejo agrícola. Al identificar regiones con altos rendimientos y suelos bien conservados, pudieron establecer un punto de referencia para estimar el potencial productivo de aquellas tierras afectadas por la degradación, bajo condiciones climáticas comparables.
Hadi Hadi, investigador posdoctoral de la Universidad de Bonn, destacó que este estudio es pionero al cuantificar las consecuencias de la degradación del suelo a escala global. El uso de inteligencia artificial permitió relacionar los cinco indicadores de degradación con las brechas de rendimiento, es decir, la diferencia entre la producción actual y el potencial máximo en un suelo sano. Los cálculos arrojaron que un aumento del 10% en la degradación del suelo se traduce en una reducción promedio del 2% en el rendimiento de los cultivos. Inversamente, una reducción del 10% en la degradación global podría incrementar la producción de alimentos para satisfacer las necesidades de más de 70 millones de personas, demostrando el impacto directo de la salud del suelo en la capacidad productiva.
La erosión, la pérdida de agua y la compactación son los principales culpables de la reducción de las cosechas. La erosión, impulsada por lluvias intensas y tormentas, despoja al suelo de su capa superficial fértil, rica en materia orgánica y nutrientes, comprometiendo la productividad y contribuyendo a la sedimentación de cuerpos de agua. La deshidratación, por su parte, se manifiesta en la disminución de los niveles de agua subterránea y en la ineficaz infiltración de las precipitaciones. Finalmente, la compactación, resultado del uso de maquinaria pesada, reduce la porosidad del suelo, obstaculizando la circulación de agua y aire, y dificultando el crecimiento de las raíces, lo que merma su capacidad para almacenar agua y absorber nutrientes esenciales.
Las prácticas agrícolas intensivas, como la tala y quema, la fertilización excesiva y los monocultivos a gran escala, exacerban la degradación del suelo y amenazan la biodiversidad. Estas prácticas empobrecen la estructura del suelo, lo hacen más vulnerable a la erosión y disminuyen su capacidad para retener agua y nutrientes. El cambio climático intensifica aún más estos problemas con fenómenos extremos como lluvias torrenciales y sequías prolongadas. La pérdida de carbono orgánico, esencial para la estructura y fertilidad del suelo, es otra consecuencia grave de estas prácticas, afectando directamente la retención de humedad y la actividad microbiana necesaria para un suelo saludable. Para contrarrestar esta tendencia, prácticas como el uso de cultivos de cobertura son vitales, ya que protegen la superficie, aportan biomasa y aumentan el contenido de carbono orgánico.
El profesor David Wuepper de la Universidad de Bonn enfatizó la conexión entre la calidad del suelo y la seguridad alimentaria. Afortunadamente, la degradación no es irreversible. Investigaciones previas han demostrado que políticas agroambientales bien diseñadas, que incluyen incentivos y pagos a los agricultores, pueden frenar e incluso revertir este proceso. Estas políticas fomentan prácticas como la reducción de la presión mecánica sobre el suelo, el mantenimiento de la cobertura vegetal, la protección del carbono orgánico y la disminución de la pérdida de suelo y agua. Su eficacia, no obstante, depende de las particularidades ambientales, productivas e institucionales de cada región. La restauración de la salud del suelo no solo beneficia al medio ambiente, sino que también puede ser económicamente rentable para los agricultores, al estabilizar la producción y mejorar la resiliencia de los sistemas agrícolas. La recuperación global de la productividad del suelo es un paso fundamental hacia un futuro con mayor seguridad alimentaria.
