Un estudio conjunto de la Universidad de Oxford y la Universidad de Kiel ha arrojado luz sobre los orígenes de la agricultura, revelando que el tamaño inicial de los cereales, como la cebada y el trigo emmer, fue influenciado principalmente por el entorno. La investigación, basada en restos carbonizados de más de 11,000 años encontrados en el valle de Wadi el-Hasa en el sur de Jordania, muestra que la abundancia de agua fue un factor determinante en el crecimiento de estos granos mucho antes de que la selección genética jugara un papel predominante. Estos hallazgos desafían la concepción tradicional de que todo aumento en el tamaño de los granos en las primeras etapas de la agricultura era consecuencia directa de la intervención humana y la selección artificial.
Los granos analizados, provenientes de los asentamientos neolíticos precerámicos de el-Hemmeh y Sharara, a pesar de su considerable tamaño, conservaban características de plantas silvestres, como el raquis quebradizo que facilita la dispersión natural de las semillas. Este rasgo, opuesto al raquis resistente de los cereales domesticados que facilita la cosecha, sugiere que las comunidades de la época estaban manejando plantas silvestres en lugar de variedades genéticamente modificadas. La composición isotópica del carbono en los granos indicó una clara correlación entre el tamaño de los granos y la disponibilidad de humedad, destacando la plasticidad del desarrollo de las plantas que les permite adaptar su crecimiento a las condiciones ambientales, sin necesidad de cambios genéticos.
Además, el análisis de las malezas asociadas a los cereales mostró un entorno con poca alteración, lo que desvirtúa la hipótesis de que el aumento del tamaño de los granos se debió a una labranza intensiva y a la selección deliberada de semillas más grandes por parte de los agricultores. La investigación sugiere que la domesticación fue un proceso prolongado y heterogéneo, donde las comunidades neolíticas inicialmente manejaron plantas silvestres, permitiendo que la naturaleza, a través de la disponibilidad de agua, moldeara el tamaño de los granos. La selección de rasgos heredables, como la resistencia del raquis, probablemente ocurrió en fases posteriores, a medida que la interacción humana con las plantas se intensificaba, marcando un camino evolutivo complejo y no lineal hacia la agricultura.
Este descubrimiento profundiza nuestra comprensión de cómo la humanidad comenzó a cultivar alimentos, enfatizando la importancia de las condiciones ambientales y la adaptabilidad de las plantas en los primeros estadios de la domesticación. Nos recuerda que la evolución agrícola es un testimonio de la intrincada relación entre la naturaleza y el ingenio humano, donde la observación y la adaptación a los ciclos naturales sentaron las bases para las sociedades que conocemos hoy. La historia de los cereales es un reflejo de nuestra propia resiliencia y capacidad para colaborar con el entorno, transformando los desafíos en oportunidades de crecimiento y sustento.
