La ciencia moderna revela que las plantas poseen una sorprendente capacidad de adaptación y aprendizaje. En un esfuerzo por entender mejor esta habilidad, un equipo de investigadoras del INTA y la Universidad Nacional de Cuyo, con el respaldo de la Unión Europea, está llevando a cabo un estudio pionero centrado en la vid, específicamente la variedad Malbec. El objetivo principal es determinar si estas plantas pueden retener un 'recuerdo' de episodios de sequía previos, lo que les permitiría responder de manera más eficiente cuando la escasez de agua se presente nuevamente.
Este fascinante proyecto se adentra en el campo de la epigenética, que examina cómo las modificaciones en la expresión génica, sin alterar la secuencia del ADN, influyen en la adaptación de las plantas. La investigación busca desentrañar los mecanismos por los cuales la vid ajusta su actividad genética para sobrevivir en ambientes áridos. Este conocimiento es crucial para regiones como Mendoza, donde las altas temperaturas y la falta de precipitaciones son desafíos constantes. La vid, al propagarse asexualmente mediante estacas, ofrece una oportunidad única para analizar si esta 'información de estrés' se transmite a las nuevas generaciones, permitiendo que las plantas hijas nazcan con una mayor preparación frente a condiciones climáticas adversas.
Los hallazgos de esta investigación tienen implicaciones significativas más allá del ámbito académico, especialmente para la industria vitivinícola y los viveros. Actualmente, la selección de clones de vid se basa principalmente en aspectos sanitarios y genéticos, dejando de lado el historial ambiental de la planta madre. El estudio propone cambiar esta perspectiva, desarrollando recomendaciones de manejo para que los viveros puedan producir plantas con una memoria fisiológica optimizada. Lograr que las estacas incorporen esta capacidad de resistencia desde el inicio, mejoraría notablemente la tasa de supervivencia de los nuevos viñedos, fortaleciendo su resiliencia y asegurando una producción más sostenible.
La adaptación de la vid frente al cambio climático es un desafío global, como lo demuestra la reducción del 25% en la cosecha española de 2023 debido a la sequía. Para contrarrestar estos efectos, los enólogos están adoptando diversas estrategias, incluyendo la plantación de variedades autóctonas adaptadas al clima local, la búsqueda de terrenos elevados con mayor retención de humedad, el uso de portainjertos resistentes y castas de ciclo largo, y la implementación de sistemas de riego más eficientes. A pesar de su robustez natural, un estrés hídrico prolongado puede comprometer la maduración y la salud de la planta. La colaboración internacional, como la involucrada con la Université de Bordeaux, subraya la urgencia de una vitivinicultura resiliente. La combinación de una profunda comprensión de la memoria epigenética de las plantas y la aplicación de prácticas agrícolas avanzadas es fundamental para garantizar un futuro sostenible para la producción vinícola global frente a la creciente escasez de recursos hídricos.
