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La siembra directa: Un hito en la agricultura argentina y su impacto global

Oct 23, 2026

La siembra directa representa una revolución en las prácticas agrícolas argentinas, una innovación que, aunque sencilla en su concepto –depositar la semilla sin remover la tierra previamente, conservando los residuos del cultivo anterior–, ha generado un impacto trascendental. Esta técnica ha modificado profundamente la relación entre los agricultores y el suelo, pasando de una visión de soporte a un sistema vivo que requiere cuidado y conservación. Su implementación ha sido clave para mejorar la eficiencia hídrica y proteger el valioso recurso del suelo de la erosión.

La historia de la siembra directa en Argentina es un testimonio de visión y adaptabilidad. Aunque sus antecedentes modernos se remontan a Estados Unidos y el Reino Unido, fue en Argentina donde esta práctica encontró un terreno fértil para su investigación, desarrollo y adopción a gran escala, convirtiéndose en un referente global. A mediados de la década de 1960, Marcelo Fagioli en Pergamino realizó los primeros ensayos científicos, explorando la relación entre la profundidad de la labranza y la humedad del suelo. Sus experimentos con parcelas de maíz sin labranza desafiaron la creencia arraigada de que la remoción del suelo era indispensable para la producción.

Durante la década de 1970, la investigación se intensificó, especialmente en el INTA Marcos Juárez, con figuras como Alfredo Lattanzi y Hugo Marelli. La creciente preocupación por la erosión en regiones como Córdoba y Santa Fe impulsó la búsqueda de alternativas. En este contexto, Jorge Horacio Cazenave jugó un papel crucial, promoviendo la visita de especialistas internacionales y el desarrollo de adaptadores como el NO-ARA, que permitieron realizar pruebas de siembra sin la preparación convencional del terreno. Este esfuerzo colaborativo entre investigadores, productores y fabricantes demostró que la labranza cero, inicialmente vista como una rareza, podía ser una alternativa viable y productiva.

La evolución de la siembra directa también exigió una transformación en la maquinaria agrícola. Las sembradoras tradicionales no estaban diseñadas para operar sobre suelos cubiertos de rastrojos. La industria metalmecánica argentina, con epicentro en Santa Fe y Córdoba, respondió con ingenio, desarrollando equipos capaces de cortar la cobertura, penetrar el terreno, mantener la profundidad adecuada y asegurar un buen contacto entre la semilla y el suelo. Este avance industrial fue fundamental para llevar la siembra directa a una escala masiva.

La disponibilidad de herbicidas, como el glifosato, fue un factor determinante para el control de malezas en ausencia de remoción mecánica. La posterior autorización de la soja RR tolerante a glifosato en 1996 simplificó aún más el manejo de los cultivos y aceleró la expansión de la siembra directa. Si bien esta combinación de tecnologías generó debates, especialmente sobre el uso de agroquímicos, también impulsó una profunda reflexión sobre la necesidad de adoptar prácticas más sostenibles, como las rotaciones de cultivos y los cultivos de cobertura, para reducir la dependencia de herbicidas y mitigar la aparición de resistencias.

Además de la conservación del suelo, la siembra directa potenció el doble cultivo, como la secuencia trigo-soja. Al eliminar la necesidad de labranza entre cosechas, se acortó el intervalo entre ciclos, permitiendo un uso más eficiente del agua y del tiempo disponible. Esta práctica, aunque no garantiza la disponibilidad de agua, minimiza las pérdidas por evaporación y mejora la ventana de siembra, lo que resulta invaluable en períodos estivales donde cada día cuenta.

La creación de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) en 1989, liderada por figuras como Víctor Trucco, fue crucial para organizar y fomentar el intercambio de conocimientos entre productores, investigadores y asesores. Esta entidad no solo consolidó la práctica en Argentina, sino que también proyectó la experiencia del país a nivel internacional, compartiendo sus aprendizajes con naciones de África y Europa. La siembra directa trascendió la soja para consolidarse en maíz, trigo y otros cultivos, demostrando la importancia de la diversificación de especies en las rotaciones para mantener la salud del suelo y el control de plagas.

Aunque Argentina ha alcanzado niveles muy altos de adopción de la siembra directa, con más del 80% de la superficie agrícola bajo este sistema en 2024/25, los desafíos persisten. La aparición de malezas resistentes y la necesidad de un monitoreo continuo demuestran que la innovación y el aprendizaje son procesos constantes. El legado de la siembra directa en Argentina es un ejemplo de cómo la investigación pública, la iniciativa privada y la colaboración entre diferentes actores pueden conducir a una transformación agrícola que beneficia tanto a la producción como al medio ambiente, asegurando el futuro de las generaciones venideras al cuidar la tierra fértil.

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